Especial para La Señal
Condena a Menéndez. Juicio a los genocidas de la ESMA
Por Félix Cantero (Escritor y periodista)
La fecha, 11 de diciembre, ha sido una casualidad. Ese día se concretaron dos actos de estricta justicia: la condena por su participación en la planificación y ejecución del terrorismo de Estado por el ex general y ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, a quien se le aplica la pena de prisión perpetua por los delitos cometidos dentro de la concepción de “crímenes de lesa humanidad”, con cumplimiento obligatorio en una cárcel común.
El otro es el comienzo del enjuiciamiento de los genocidas que operaron desde la ESMA, donde los acusados son los ex oficiales de la Marina Jorge “el tigre” Acosta, Ricardo “sérpico” Cavallo y Alfredo “ángel de la muerte o ángel rubio” Astíz, junto a otros integrantes de los grupos de tareas 3,3,2, responsables de los secuestros, torturas y asesinatos de prisioneros políticos, tanto dentro de la escuela de mecánica como de los “vuelos de la muerte”.
Este logro llevó varias décadas de lucha. Los familiares de las víctimas, los organismos de derechos humanos y diversas organizaciones sociales y políticas, hicieron cuanto pudieron para llegar a este momento: concretar el accionar de la justicia.
La ideología y la estrategia política de los “dos terrorismo” sostenido por el gobierno de Raúl Alfonsín quien primero resolvió mediante los decretos 157/83 (de enjuiciamiento a los jefes guerrilleros), y 158/83 (dispuso, mediante un tribunal especial, el procesamiento de las tres primeras juntas militares). Esa orientación dejó libre a la cuarta, la que hizo entrega la banda y el bastón presidencial al presidente elegido por el voto popular, Raúl Alfonsín. Un año después, el flamante presidente, impuso las “leyes” de punto final y de obediencia debida, que tanto daño hicieron no sólo al accionar de una justicia independiente sino a la propia democracia.
Estas políticas amnistiadotas de Alfonsín se complementan con los indultos del ex presidente Carlos Menem a varias decenas de los principales jefes de la dictadura, incluidos varios funcionarios civiles como el ex ministro de Economía José A. Martínez de Hoz, y algunos jefes guerrilleros.
La anulación por todos los poderes del Estado argentino de las leyes de impunidad hizo posible condenar a Menéndez y a su cohorte de asesinos. Al mismo tiempo, se pudo ver a los torturadores y asesinos de la ESMA, asustados y empequeñecidos ante la presencia de sus víctimas que se presentaron para testimoniar el horror que sufrieron en “capucha” o “capuchita”, tratar de evitar ser tomados por las cámaras de televisión y los fotógrafos. En la apertura del juicio estos ex militares lucieron toda su cobardía, al no querer dar la cara y afrontar sus crímenes, conducta que por otro lado no es nuevo, recordemos solo como un ejemplo, la conducta del entonces capitán Astíz, durante la guerra de Malvinas, cuando se rindió ante los militares colonialistas ingleses sin estrenar su metralleta. No disparó un solo tiro.
No cabe ninguna duda, este proceso ya es indetenible. Aunque le de “mucha bronca” a defensora de los genocidas, Cecilia Pando, o al abogado Mariano Grandín que recibió alborozado a los genocidas con el grito: “tigre”, mientras era acompañado por los abogados de la inhallable “Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia”, agrupación dedicada a defender a los genocidas.
Una multitud prestaba toda su atención al inicio del juicio, mientras dentro del salón de audiencias varios sobrevivientes no perdían detalle de la conducta de sus ex represores. Entre ellos Graciela Daleo, sobreviviente de la ESMA, casi murmurando, comenta: “Ni en los sueños más profundos en Capucha, donde cada miércoles nos preguntábamos ‘¿Cuándo me tocará el traslado?, llegué a imaginar que alguna vez íbamos a estar juzgándolos en los tribunales de la sociedad burguesa”.
Sí, el proceso es indetenible. “Adonde vayan los iremos a buscar” se grita en las marchas populares. Y que Menéndez termine su vida de genocida en una cárcel común, o que a Acosta, Astíz o Cavallo, que se creían dioses frente a los militantes populares encerrados en esos centros de muerte, seguramente, después de todo este proceso les espera condenas a la pena de prisión perpetua.
