La enfermedad como negocio


Por Jorge Rachid


El Premio Nobel de Medicina del año 2009 Jack W Szotack quien junto a dos colegas investigadoras descubrió los telómeros, dijo en relación a los procesos de investigación y desarrollo, sobre los cuales se lo interrogaba, que los mismos se realizan por parte de las multinacionales y se frenan cuando se acercan a la cura de la enfermedad, textualmente: “La industria trata de cronificar las enfermedades, no curarlas porque dejan de ser negocio, ya que el sano no consume medicamentos”.


Si lo dicho lo ponemos como imagen espejada de lo afirmado por el Dr. Ramón Carrillo, primer ministro de Salud de la Nación, que en el año 1949 expresó que “Al lado de las condiciones de vida, la falta de agua corriente, cloacas, viviendas y pobreza, las bacterias y virus son pobres causas de enfermedad”, lo cual reafirmaba la convicción de consolidar las condiciones de salud antes que la atención de la enfermedad como estrategia.

"La Mafia Médica" es el título del libro que le costó a la doctora Ghislaine Lanctot (nacida en Canadá, en 1941 y radicada en Estados Unidos entre 1984 y 1990) su expulsión del colegio de médicos y la retirada de su licencia para ejercer medicina. Se trata probablemente de la denuncia publicada más completa, integral, explícita y clara del papel que juega a nivel mundial el complejo formado por el sistema sanitario y la industria farmacéutica.

El libro expone, por una parte, la errónea concepción de la salud y la enfermedad que tiene la sociedad occidental moderna, fomentada por esta mafia médica que ha monopolizado la salud pública creando el más lucrativo de los negocios.

Además de tratar sobre la verdadera naturaleza de las enfermedades, explica cómo las grandes empresas farmacéuticas controlan no sólo la investigación sino también la docencia médica, y cómo se ha creado un sistema sanitario basado en la enfermedad –en lugar de la salud– que cronifica enfermedades( lo mismo que Szotak) y mantiene a los ciudadanos ignorantes y dependientes de él.


El libro es pura artillería pesada contra todos los miedos y mentiras que destrozan nuestra salud y nuestra capacidad de autorregulación natural, volviéndonos manipulables y completamente dependientes del sistema sanitario creado por la medicina alopática estimulada por la industria.


Así tenemos que personalidades médicas de nivel científico mundial se han pronunciado contra el flagelo de la enfermedad como negocio, en complicidad con la OMS (Organización Mundial de la Salud), que a partir de la Declaración de Alma Ata de 1977 estableció criterios y normas que al decir de la doctora Lanctot, “desposeyeron soberanía a los países de la mano de las necesidades económicas de la industria farmacéutica”.


En nuestro país, siguiendo las mentiras formuladas por la OMS, se viene asistiendo al penoso espectáculo del manejo del sistema sanitario, tal cual fue formulado por los estrategas del Banco Mundial en su política de fragmentación, que posibilitó –entre otros desenlaces– la irrupción de los sistemas gerenciadores, prepagos, aparatología, medicamentos de experimentación, corrupción y atomización del sistema sanitario argentino que supo ser ejemplo mundial, y que aún hoy se sigue estudiando en otros países de la mano de la “Teoría del Hospital” del Dr. Ramón Carrillo.


La carencia de la decisión política en planificar un sistema nacional integrado de salud ha permitido que las obras sociales sindicales, provinciales y de jubilados, sean sometidas a una presión sin precedentes por parte de los sectores interesados en apropiarse del ahorro interno de trabajadores activos y pasivos, a través de mecanismos leoninos de extorsión y demandas judiciales que, lejos de proteger la salud, deterioran aún mas las prestaciones médicas que se dan, mientras que el estado responsable constitucional de la salud de los argentinos, se desentiende de leyes como la de discapacidad, crónicos, celíacos, cirugía bariática, drogadicción, todas asumidas por el esfuerzo del sistema solidario de salud, financiado por los trabajadores.


Al respecto es ilustrativo resaltar que según los economistas, del gasto total en salud (nosotros a ese supuesto “gasto” lo llamamos inversión) que se realiza en atención de la enfermedad en la Argentina es de 65.000 millones de pesos por año, de los cuales las obras sociales sindicales y provinciales atienden a casi el 48% de la población habiendo participado de esa inversión con 20.000 millones, lo cual da un promedio de inversión per cápita bajo de 799 pesos al año, lo cual hablaría de la buena planificación del recurso.


No olvidar que el sector de obras sociales sindicales además aporta el 10% de su masa de recursos a los fines solidarios del sistema, destinados a reintegros de alta complejidad en tratamientos y medicamentos de alto costo y baja incidencia. Si a esas cifras se agrega el PAMI, con casi el 10% de la población –también financiado por los trabajadores– vemos que el esfuerzo de la financiación de la salud social está descansando sobre el trabajo y el trabajador.


Sin embargo parece ser que la política de salud es agendada por los organismos internacionales como BM, OMS, BID, FMI y OPS, cuando no por urgencias marcadas por los medios ante campañas de pánico antes que de realidades concretas. Ante la falta de planificación estratégica en salud, predominan las políticas que tienden a la atención de la enfermedad y dentro de ellas, aquellas que hacen a la urgencia, lo cual distorsiona la aplicación correcta del recurso, quitando eficiencia a la prestación y trabajando sobre el daño ya producido.


Por lo tanto no existen criterios de asignación presupuestaria de acuerdo a la determinación de prioridades en el marco de un plan estratégico, transformando al ministerio de salud, en algo parecido a una estación de bomberos, que acude a la emergencia o al llamado de los medios de comunicación, antes que a un ente público de salud.


Así asistimos a un despliegue publicitario espectacular sobre el tema de la gripe N1H1, lo cual debemos saludar como política de prevención, pero no es menos cierto que dicha patología está lejos de ser presentada en su verdadera dimensión sobre su severidad, siendo ésta relativamente baja en comparación con otras patologías argentinas y endémicas, como así también sus efectos secundarios, habiendo sido denunciada la manipulación de la Pandemia de la OMS como ajustada a corrupción de los directivos del organismo con la industria farmaceútica, tal cual fue denunciado por le premio Nóbel en su oportunidad.


Mientras la vacunación contra la fiebre amarilla en el norte espera junto a los pobladores por miles; el control efectivo del tripanosoma causante del Chagas sigue diezmando poblaciones, con 3 millones de afectados, nuestros técnicos y profesionales investigadores públicos siguen desarrollando vacunas, como por ejemplo del mal de los rastrojos, en nuestros institutos estatales –casi sin presupuesto–, mientras el ministerio destina millones a financiar laboratorios multinacionales para supuesta elaboración nacional de vacunas y los contrata por diez años en la compra de las mismas. Algo anda mal en la valoración política sanitaria.


Este tema mereció una investigación en el seno mismo de la OMS que fue rápidamente tapada, que demostró que la declaración de pandemia del año anterior fue manipulada por los laboratorios que colocaron su producción por más de 5.000 millones de dólares ante el pánico mundial provocado por dicha declaración.


En la Argentina nada se dijo al respecto y se ocultó información a las autoridades y al pueblo en general. No se dijo que la gripe N1H1 causó sólo 382 muertes a nivel mundial y sin embargo se invirtieron fortunas en tamiflu, mientras la desnutrición sola causó 2 millones de muertes evitables mundialmente. Al mismo nivel estadístico podríamos definir la situación Argentina.


Por último, algunas propuestas conducentes a reparar los daños producidos por años de neoliberalismo que llevaron a la fragmentación territorial de la salud, a una supuesta descentralización que en realidad fue desafectación de responsabilidades, dejando a municipios y provincias en estado de indefensión y sometidos a una injusticia patética en los derechos humanos que categorizaron a los argentinos por zonas de nacimiento. Así quien nació en Jujuy tiene una expectativa de vida de 65 años y en la CABA de casi 78 años, un verdadero dislate que debería avergonzarnos a todos.


La formulación de un plan nacional de salud que contenga a los diferentes subsectores que hoy operan en el tratamiento de la enfermedad, recrear el rol del estado federal y volver a Carrillo en su formulación estratégica, eliminar todo tipo de intermediación en los insumos importados asumiendo el estado dicha función, promover y desarrollar en investigación la producción pública de medicamentos e insumos descartables, proveer de agua corriente y cloacas al máximo posible de la población, eliminar las casa de adobe por vivienda dignas y sanas, recrear el sistema sanitario escolar que realice el seguimiento de toda la matrícula escolar año a año para detección de patologías, subalimentación, salud bucal, desarrollo ponderal del niño, evitando así impactos de patología no detectadas en la adolescencia, sigue ausente.


Dicho plan debe ser formulado desde las necesidades detectadas en nuestra nación sin ser importadas de otras latitudes ni de otras realidades, evitando de tal modo ser conejitos de indias de intereses extranjeros en experimentos tanto de medicamentos como de lucrativos desarrollos de políticas gerenciadoras y privatistas, como soportamos durante años los argentinos.


La seguridad social, las obras sociales sindicales y provinciales, el hospital público, tienen mucho que aportar en este sentido, desde recursos humanos a solidaridad plena, si asume el Estado un papel rector que ubique a la salud en un rol prioritario de la recuperación de los derechos humanos en la Argentina.